martes, 3 de julio de 2018

CAPITULO 32

                 La alarma sonó como todos los días a las 6:40. Me quede mirando la leve luz del amanecer que se colaba por mi ventana, o en realidad era la luz del poste que alumbraba mi habitación todas las noches. Una vez mas me cuestionaba si levantarme o no. Esto ya es típico, imagino, de todas las personas que llevan un ritmo de vida monótono. Un ronquido que venía de mi lado izquierdo me hizo volver a la realidad. Ricardo llevaba conmigo casi un año, creo que le podía llamar relación a estar con alguien acompañándote para evitar caer en la oscuridad. Él se quedaba conmigo algunas noches ya que su trabajo estaba cerca de mi hogar. Lo observe por unos segundos, él tenia esa capacidad de despertar cuando alguien lo miraba, era como un radar.

- ¿Seguro que no puedes pedir el día? – preguntó bostezando mientras se acomodaba.
- Estoy muy seguro. Hoy tenemos el término de la auditoria y aún nos quedan algunas cosas que hacer.
- ¿Quieres que vaya por ti cuando salgas? – Su voz relajada me incitaba a quedarme acostado más tiempo.
- Tranquilo, tal vez me quede hasta mas tarde. Deberías descansar, así que quédate todo el rato que necesites. Hoy tienes libre, así que aprovéchalo. – le di un beso en la frente y le acaricié la mejilla. Acto que le sorprendió un poco, ya que siempre era él quien tenía gestos más románticos.

                Me levanté y fui directo a la ducha. El agua como siempre ayudaba a limpiar no solo el cuerpo, si no que me ayudaba a limpiar mi alma de esos oscuros pensamientos que de vez en cuando rondaban en mi mente, ya eran pocos, pero de vez en cuando aparecían. Ricardo había llegado en el momento exacto para evitar mi destrucción, para evitar que hiciera algo más estúpido. Si bien él era el único que podía entender como me sentía, mis sentimientos por el no eran los mismos. Era mas de un amigo, un compañero.

                Salí de la ducha, me pare frente al espejo empañado, lo limpié un poco para ver mi rostro. Me observé por unos minutos para poder ver al antiguo Daslav. Ese que soñaba con conocer New York, que quería gritar “¡Taxi!” tal como en las películas, ese que quería comprar un café en la calle o un hot dog; ese que sentía pasión al andar en skate con su mejor amigo y que le no le importaba caerse y golpearse las rodillas; el chico tonto pero que quería tener una vida. Ya solo veía ojeras de cansancio y ganas de desaparecer, pero que había prometido no hacer algo más por quienes aún estaban a su lado. El olor a pan tostado me hizo volver a la realidad.

- Tengo listo el desayuno, cuando quieras bajas y lo comemos. - Dijo tras de la puerta.
- Bajo en unos minutos. -  contesté apoyándome en el lavamanos.

                Busqué la ropa que había dejado lista la noche anterior, mi camisa blanca sin planchar, los jeans azules y las botas café. Mi nuevo trabajo me permitía ir un poco mas libre. Atrás quedaron los días de trabajar en el hotel, atrás quedaron los sueños de irme a las Torres del Paine. Sin embargo, me agradaba mi empleo actual. No tenía un gran sueldo, pero me permitía pagar las cuentas básicas y darme ciertos lujos que antes no podía.  Tras terminar el técnico en traducción de inglés, encontré trabajo en un colegio, bueno fue todo mérito de Ricardo, él me ayudo en muchas cosas. Ahora no hacía nada referente al idioma, y eso me gustaba porque así mantenía lejos mi vida pasada. Ricardo además de ser mi compañero me daba ánimos para seguir y creer que la vida tiene otro sentido más que estar acostado y bebiendo alcohol.

                Ricardo trabajaba en un restaurant, es el Chef estrella y admirado por todos sus comensales. El restaurant quedaba lejos de su casa y me había pedido permiso para quedarse en la mía cuando salía tarde. Yo no le pude decir que no, era muy amable. Tan amable, tan bueno que no podía entender que esperaba de mí. La mesa estaba lista, había café recién preparado, tostadas con mermelada de mora y un trozo de pastel que trajo a escondidas de su trabajo. La radio de la cocina estaba encendida y alcance a escuchar las ultimas frases de una canción de Los Smiths. Ya estaba retrasado, así que tome un sorbo de café y una tostada.

- ¿Quieres que te coloque la torta en un pote? - Vio mi apuro en mi cara – Así tienes algo de colación para la mitad de mañana.
- No te preocupes, cuando vuelva la como. – Di otro sorbo al café. Me gustaba su café, tenía algo que lo hacía más rico del que preparaba yo. ¿Será por que sabe de cocina? No lo sé, pero era rico.
- No te obligaré a que comas, pero si puedes, hazlo. – Me repitió mientras guardaba el trozo de torta en el refrigerador.

                Ricardo me entendía bien, había pasado por algo similar en su vida y nunca me obligaba a hacer algo que no quería. Me dejaba libre de tomar mis decisiones y eso me hacía sentir bien.

                Me coloque el abrigo, tome las llaves del auto y mi mochila. Él me siguió hasta la puerta y me entrego una bolsita con pasas, nueces y almendras. Las guardé y me dio un beso. Sus besos me hacían sentir que todo estaría bien y muy relajado. Su barba hacía cosquillas en mi cara. Ricardo era del mismo porte que yo. Era tres años y un día mayor. Me apretó juntó a él y sentí como sus brazos me quitaban el poco aire que tenía dentro. Su erección en ese minuto me provoco ganas de llevarlo a la cama y que desatáramos nuestros cuerpos, pero ya era tarde así que lo aleje de mí. Le revolví el pelo como lo hacía Leandro conmigo y salí de la casa.

                El taco era horrible. Siempre que Ricardo se quedaba en mi casa llegaba tarde. Si bien el horario de entada al colegio era a las 8:30 me gustaba llegar antes. Encendí la radio del auto y de esa manera no escuchar los bocinas del exterior. Solo quería música y la sintonicé en la primera canción que encontré. Coloque las manos en el volante y trate de concentrarme. El auto lo compre con el dinero que logre sacar de la venta de la casa después de la muerte de mi madre producto del cáncer. Ella fue la mujer más valiente. Mantuvo en secreto tantas cosas para no verme mal que al final ya no pudo. Lloré mucho su partida. Ya no tenía a nadie que me apoyará. Ahí fue cuando apareció Ricardo y me ayudo a salir del oscuro agujero que había tomado mi camino.

                Además del auto, compre una pequeña casa lejos de la vida que tenía. En realidad, no era tan lejos, pero ya no estar en el mismo lugar de siempre era lo mejor. Los Andes tenía su atractivo, es una ciudad que esta en crecimiento debido a la minería. Puedes ir a todos lados a caminando. Si bien recordaba cada paso que había dado, ya no sacaba nada con seguir en un lugar donde solo me traía recuerdos malos y no me dejaría avanzar.

                Llegué al colegio cinco minutos tarde y maldije a Ricardo en mi interior por hacerme comer tan temprano. Trabajaba con la asistente social, ella estaba a cargo de un programa donde becaban a algunos niños de escasos recursos que postulaban para iniciar sus clases en el mundo privado. Ella ayudaba a conseguir el financiamiento demostrando que aquellos jóvenes tenían la capacidad demostrar a los sostenedores sus logros en el inicio prematuro de las artes. Había músicos, bailarines, cantantes, deportistas y gimnastas. De donde venían, les era imposible solventar los gastos que conllevaba dedicarse a estas disciplinas, es aquí donde entramos nosotros. Me gustaba ver como avanzaban en sus pequeñas vidas, más aún se sentían apoyados. Sus familias eran los mas felices y cada vez que podían nos llevaban algún regalito de agradecimiento.

                Alicia, la asistente social era una mujer de alrededor de 45 años, nunca me había atrevido a preguntarle su edad, eso no me importaba. Llevaba 20 años en el mismo lugar de trabajo. Ya conocía donde ubicar los futuros talentos y era una persona muy agradable, eso era típico en el rubro. Cumplía a la perfección el perfil de la asistente social, ya que siempre tenía una sonrisa para todo el mundo. Ella era la tía de Ricardo, y conocía mi historia, bueno, una parte de ella. Cuando la conocí obvié muchos detalles que ya no quería recordar, sin embargo, entendió que cuando llegará el momento yo abriría mi corazón y dejaría que todo mi peso de lado. Al igual que Ricardo, me entendía. Entendía mis silencios, entendía mis gestos, no hacían falta las palabras.

En el tiempo que llevaba trabajando ahí, me encariñe con varios chicos, muchos de ellos no pudieron seguir en el programa, ya que las exigencias eran altas y los sostenedores querían resultados y si no los veían los niños debían salir del lugar. Es aquí cuando intercedíamos por ellos y para darles segundas oportunidades. Aún recuerdo al primer niño que ayude, Benjamín, le decían Benji le gustaba mucho jugar a la pelota en su antigua escuela y en una de las visitas que hicimos a su hogar, quede sorprendido al saber que vivía junto a sus tres hermanos en una pequeña casa que solo tenia dos habitaciones. A. ver estas realidades me di cuenta que hay gente que puede vivir y seguir. Al ver su sonrisa cada vez que jugaba por el equipo del colegio, me alegraba, me hacia sonreír. Ricardo decía que iba a traer un día a ese niño a comer para puro verme reír. Yo respondí con “cállate”.

- ¡Daslav! Pensé que ya no llegabas- Alicia estaba en su escritorio revisando unos documentos. Siempre iba muy bien arreglada, me hacia recordar a Anita. ¿Qué será de ella?
- Marque mi entrada con solo cinco minutos de retraso, esta vez su sobrino no saldrá victorioso. - Si algo quedaba de mi antiguo yo era la puntualidad, odiaba llegar tarde algún lugar, mas aun cuando se trata de trabajo.
- ¿Cómo esta ese ingrato? Hace tiempo que no me va a ver- le dio un sorbo a su café.
- Cada vez mas pesado, que bueno que usted no tiene que lidiar con él todos los días. - Ella me acerco un capuchino. Todos los días me compraba uno de camino al colegio.
- Podrían venia a almorzar el fin de semana. Claudia estará feliz de verlos- ¿Fin de semana? ¿Salir? Yo tenia pensado en quedarme mirando el techo de mi habitación todo el día o ver la maratón de Harry Potter en el TNT.
- Ya tenia algunos planes que hacer, pero veré si puedo cambiarlos. - Alicia levanto una ceja y río. Sabía que no haría nada interesante.
- Bueno, me confirmas. Ahora debemos terminar este papeleo para los auditores así que ponte las pilas.
- ¡Como diga jefa!

                Trabajar ayuda bastante, soy de los que evita pensar en su vida con el trabajo. Aquí me siento que hago algo bien, y logro despejarme. Algunos lo hacen ejercitándose, otros con dibujando, mi antiguo yo lo hacía escribiendo, pero después de romper mi computador juré que no lo haría más. ¿De qué me sirvió tanto tiempo gastado en expresar en líneas lo que sentía? Solo quedaron ahí, apolillándose.

                Alrededor de las seis de la tarde ya habíamos entregado a los auditores los documentos necesarios sobre los gastos, rendición de cuentas de lo que hemos hecho este año. Le avise a Alicia que saldría a fumar un cigarro y que regresaba en unos minutos. Le compré un café al caballero del negocio de la esquina fuera del colegio y me senté en una pequeña banca en la placita que había junto al colegio. Algunos niños jugaban ahí con sus padres y me fue imposible no recordar como lo hacía con mi madre cuando pequeño. ¿Qué pensará de mí? Obviamente no estaría orgullosa de como he llevado mi vida hasta ahora, pero aun así me apoyaría. Me diría que me sentará junto a ella y con una taza de té comentaríamos lo que sucedía. Sin embargo, los recuerdos ya no dolían tanto. Respiré y encendí el cigarro. El cielo comenzaba a oscurecer y la brisa fría de ese primer día de invierno se colaban por mi ropa hasta llegar a cada parte de mi cuerpo. Aun seguía amando el invierno, la lluvia, los días nublados, la melancolía de esta estación era lo mejor, era como yo, de una existencia triste, pero que debía estar sí o sí. Mire mi celular sin Internet para ver cuánto tiempo había divagado desde que salí del colegio. Debía volver donde Alicia, para saber si necesitaba algo más, pero en ese momento no tenía ganas de hacerlo. Quería quedarme un rato más ahí, observando a la gente caminar apurados a sus casas. Volví a ver el celular y solo habían pasado diez minutos, fueron diez minutos de estar ahí conmigo, en la poca tranquilidad que puedes tener en esta gran ciudad. Me quede mirando una vez mas el celular, pero esta vez fue diferente. Recién me había percatado que el próximo domingo era 27, el cumpleaños de Valentín. ¡Maldito Valentín!












11 comentarios:

  1. awwww q bueno q volviste das... sigue escribiendo soy tu fan N*1 ����

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  2. Hola das. Qué bueno q volviste!!!! Cuando nuevo caoitulo? Saludos

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    1. Hola.
      Espero que la próxima semana. Estoy afinando detalles.
      Saludos para ti. :)

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  3. nos salen canas esperando ajjajajaja...
    Saludos Daslav.

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  4. Que buen regreso....me intriga saber que te paso... y ¿a que se debe el repentino recuerdo del cumpleaños de Valentin?....Cuídate, Saludos

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  5. algún día volveras? :(

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  6. el destino miserable de este blog es no saber nunca como va a terminar la historia. Solo me queda imaginar que de una manera triste y desoladora. Esa es la unica manera de ver el mundo de el autor

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